Más que un arte, más que un juego, es una forma de pensamiento que activa todas las áreas cerebrales.
Con sólo escuchar música, los niños aumentan su capacidad de concentración, desarrollan la sensibilidad y la memoria, expresan mejor sus sentimientos, adquieren mayor expresión corporal y están más preparados para aprender matemáticas o idiomas.
Si además de escucharla la practican, se ejercitan en uno de los aprendizajes más difíciles, el del esfuerzo.
También influye sobre la salud: potencia las defensas y la inmunidad y regula la presión sanguínea y la frecuencia cardiovascular.
Se ha comprobado que con determinadas músicas el nivel de endorfinas aumenta provocando sentimientos de alegría y optimismo.
La música desinhibe los comportamientos y contagia emociones: alegría, tristeza, ilusión, ganas de vivir… Reduce los niveles de ansiedad y acompasa la respiración haciéndola más profunda y relajada.
La música clásica, como Beethoven o Bach, activa el hemisferio derecho, que es donde se procesan la lógica, las matemáticas o la concentración. La música romántica y la impresionista, Chopin, Chaikovsky o Debussy, actúan sobre el hemisferio izquierdo, responsable del habla, la creatividad y la fantasía. Y la música moderna, Elvis Presley o los Beatles, al incitar al baile, estimula las funciones psicomotrices.
Estas son algunas de la razones para estudiar MÚSICA, aunque hay muchas más.

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